Puerta de Alcalá

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La Puerta de Alcalá: Un viaje entre la gloria neoclásica y las cicatrices del tiempo

La Puerta de Alcalá no es solo un monumento; es un testigo mudo que ha visto a Madrid transformarse de una villa amurallada a una metrópoli vibrante. Situada en la actual Plaza de la Independencia, este icono fue en su origen una de las varias puertas reales que permitían el acceso a la ciudad, específicamente para quienes llegaban desde Alcalá de Henares, Aragón o Francia. Sin embargo, lo que hoy admiramos no es la estructura original, sino un ambicioso proyecto de la Ilustración.

El capricho de un rey y un diseño único

El contexto histórico de su construcción nos lleva a la llegada de Carlos Tercero a Madrid. El monarca, que venía de Nápoles, entró en la ciudad por la antigua puerta del siglo dieciséis y quedó profundamente disgustado por su aspecto modesto. Decidido a embellecer la capital, ordenó su demolición y convocó un concurso donde compitieron grandes arquitectos como Ventura Rodríguez. Finalmente, el elegido fue el italiano Francesco Sabatini.

Uno de los sucesos más curiosos de su edificación es la razón por la que sus dos fachadas son diferentes. Se cuenta que Sabatini presentó varios diseños al rey y este, por error o indecisión, aprobó dos proyectos distintos. El arquitecto, en un alarde de ingenio, decidió fusionarlos: una cara de la puerta presenta columnas adosadas, mientras que la otra luce pilastras más sencillas. Esto convierte a la puerta en un monumento singular que ofrece una experiencia distinta según el lado desde el que se mire.

Símbolos, niños y una trompeta perdida

Si observamos con detenimiento la decoración, descubriremos detalles fascinantes. En la parte superior, encontramos las cuatro virtudes cardinales: Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza. Lo curioso es que, rompiendo con la tradición de representarlas como mujeres adultas, Sabatini eligió figuras de niños. Además, los mascarones de los arcos también juegan con la dualidad del monumento: en la fachada que mira al exterior vemos cabezas de sátiros, símbolos de fertilidad y naturaleza, mientras que en la interior aparecen leones, que representan la soberanía y la vigilancia de la paz.

Otro detalle que suele pasar desapercibido es el escudo real que corona el ático. Está sostenido por una figura de la Fama, la cual tradicionalmente debería portar una trompeta para anunciar las hazañas del rey. Sin embargo, la trompeta no está; no se sabe con certeza si desapareció con el tiempo o si nunca llegó a formar parte del conjunto final.

Cicatrices de guerra y ovejas por la ciudad

La Puerta de Alcalá ha sido escenario de sucesos dramáticos. Sus piedras aún conservan los impactos de proyectiles de diversos conflictos, como la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis en el siglo diecinueve o los combates durante la Guerra Civil española. Incluso fue testigo del asesinato del presidente del Consejo de Ministros, Eduardo Dato, en sus inmediaciones a principios del siglo veinte.

Pero no todo ha sido conflicto. Durante siglos, este monumento fue un punto clave de la Cañada Real Galiana. Por sus arcos pasaban anualmente rebaños de ovejas trashumantes, una tradición que todavía se recuerda con mojones que marcan su categoría de vía pecuaria.

De plaza de toros a icono pop

Un dato que muchos madrileños olvidan es que, durante más de cien años, justo frente a la puerta existió una plaza de toros. Era un edificio imponente que marcaba la vida social de la zona hasta que fue demolido para dar paso al crecimiento del barrio de Salamanca.

En tiempos más recientes, la puerta ha sabido renovarse. En el año dos mil uno, fue cubierta por completo con decenas de miles de libros en una instalación artística, y quién no ha tarareado la famosa canción de los años ochenta que narra cómo la puerta «ve pasar el tiempo». Hoy, reconocida como Patrimonio de la Humanidad dentro del Paisaje de la Luz, la Puerta de Alcalá sigue allí, imperturbable, recordándonos que la historia no solo se lee en los libros, sino que también se siente al acariciar el granito y la piedra blanca de sus muros.

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Para entender la Puerta de Alcalá, podemos imaginarla como un viejo centinela que, tras ser vestido con sus mejores galas por un rey exigente, decidió guardar en sus bolsillos de piedra todas las balas, versos y pasos de ganado que han cruzado su umbral a lo largo de los siglos.

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