¿Te imaginas caminar por el centro de Madrid y, de repente, encontrarte frente a un auténtico templo del Antiguo Egipto? No es un decorado de cine ni una recreación moderna. Es el Templo de Debod, un regalo milenario que viajó miles de kilómetros para salvarse de las aguas del Nilo y que hoy es uno de los rincones más mágicos de la capital española.
Un viaje de supervivencia
La historia de cómo este templo llegó a España parece sacada de una película de aventuras. En los años sesenta, la construcción de la gran presa de Asuán en Egipto puso en peligro muchísimos monumentos antiguos que iban a quedar sumergidos para siempre. Ante esta emergencia, la UNESCO lanzó un grito de auxilio al mundo. España respondió a la llamada ayudando a salvar los famosos templos de Abu Simbel y, como muestra de gratitud, el gobierno egipcio donó el Templo de Debod a nuestro país.
Pero traer un edificio de piedra de más de dos mil años no fue tarea fácil. El templo fue desmontado piedra a piedra en Nubia, cargado en barcos hasta Valencia y luego transportado en camiones hasta Madrid. Imagina el rompecabezas: los arqueólogos se encontraron con más de dos mil bloques de piedra y, para colmo, muchas de las marcas que debían indicar dónde iba cada pieza se habían borrado o perdido. Fue un trabajo de titanes reconstruirlo en su ubicación actual, el solar donde antiguamente estaba el Cuartel de la Montaña.
Entre reyes nubios y emperadores romanos
El Templo de Debod tiene una antigüedad asombrosa de unos dos mil doscientos años. Su núcleo original fue construido por el rey nubio Adijalamani de Meroe, quien lo dedicó a los dioses Amón de Debod e Isis. Con el tiempo, otros gobernantes quisieron dejar su huella. Los faraones de la dinastía ptolemaica lo ampliaron y, más tarde, tras la conquista de Egipto por parte de Roma, los mismísimos emperadores Augusto y Tiberio se encargaron de terminar su decoración.
Es fascinante pensar que por sus pasillos pasaron desde sacerdotes nubios hasta soldados romanos. El edificio servía para rituales sagrados, especialmente las ceremonias solares que se celebraban en su terraza durante el Año Nuevo egipcio, buscando la unión espiritual con el dios Ra.
Cosas curiosas que te sorprenderán
Si te fijas bien en sus muros, verás que el templo está lleno de mensajes del pasado. A lo largo de los siglos, antes de ser trasladado, el edificio fue visitado por peregrinos, nómadas e incluso cristianos que dejaron grafitis grabados en la piedra. Hay dibujos de dromedarios, barcas de remos y cruces coptas que nos cuentan quiénes pasaron por allí cuando el templo ya no se usaba para el culto egipcio.
Otra curiosidad es la sala llamada Mammisi, que en idioma copto significa «lugar de nacimiento». Se cree que en esta estancia se celebraba el misterio del nacimiento divino, aunque los investigadores todavía debaten su uso exacto. Además, el templo esconde pequeñas criptas que servían como «laboratorios» para perfumes o tesoros donde se guardaban las estatuas de los dioses.
Un atardecer eterno
Hoy en día, el Templo de Debod está orientado de este a oeste, respetando la misma disposición que tenía a orillas del Nilo. Para recordar su origen fluvial, se construyó un estanque a su alrededor que, al atardecer, crea un espejo perfecto donde se refleja la piedra milenaria.
Aunque el clima de Madrid y la contaminación han sido un reto para su conservación, este pedazo de Nubia sigue en pie, recordándonos una época de faraones y dioses. Es, sin duda, el mejor lugar de la ciudad para ver cómo el sol se esconde mientras las piedras de Debod se tiñen de dorado, conectando el cielo de Madrid con los misterios del Antiguo Egipto.

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